Operación rebajas

Desde los quince años y hasta hace no mucho me encantaba ir de compras: cogía un autobús hasta la ciudad más cercana, me pasaba un día entero recorriendo tiendas o centros comerciales, toqueteaba la ropa, me la probaba… y volvía a casa con varias bolsas de prendas a las que tenía que hacer sitio en el armario. ¡No entiendo cómo podía disfrutar algo que ahora me parece una tortura!

Ya no me gusta ir de compras, ni siquiera vestirme. Sólo me quito el pijama para salir a la calle, ¡y ojalá no tuviera que hacerlo nunca! Pensaréis que soy una dejada —y no seré yo quien os diga que no—, pero es que el tema ropa me parece, como mínimo, aburrido.

Lo cierto es que todos necesitamos tener algo que ponernos, así que aprovecho las rebajas para adquirir algunas prendas que me hacen falta. El día que empiezan las rebajas en las tiendas online creo una carpeta de favoritos en mi navegador en la que voy añadiendo los enlaces a los productos que me gustan: tranquilamente, un centenar. El mismo día en que comienzan las terceras rebajas reviso esos enlaces y elimino toda aquella ropa que no está disponible en mi talla, quedándome con unas cinco o diez prendas, entre las que finalmente selecciono las que más me llaman, por un motivo u otro. El resultado es que —esto está basado en hechos reales— por unos cincuenta euros pillo unos botines de piel, unos vaqueros, un vestido y una blusa. Aunque hacia el final de las rebajas lo que más hay es ropa cutre, también se encuentran cosas decentes a muy buen precio. Qué queréis que os diga, a este método tan poco glamuroso de comprar ropa sólo le veo ventajas: no tengo que salir de casa, pierdo muchas menos horas, gasto poco dinero, evito comprar cosas que no me convencen porque tengo un par de meses para mirarlo todo mucho… ¡Es un chollo, amigos!

Ahora os hablaré de mis fichajes para estas rebajas, en las que la principal premisa es huir del negro que antes odiaba y al que últimamente no soy capaz de renunciar. Este tema da para estudio psicológico, y es que estoy a un paso de parecer la hija bastarda de Zapatero, pero vamos con la ropa, que es de lo que he venido a hablar. Mis fichajes no son muchos y son más bien conceptos, no necesariamente los productos de las fotografías, pero os ayudará a haceros una idea.

Tengo ganas de algo grande que me arrope y que no es un novio ni una batamanta. Lo que quiero es una especie de poncho con unas características concretas que me eviten el parecer una mesa camilla: debe ser abierto, tipo capa, con hueco para meter los brazos pero sin botones ni cierres de ningún tipo.



Aunque la piel es un material que no va conmigo, me gustaría tener una cazadora de cuero (mejor si es de mentira) en color marrón, de estilo motero, pero que no se vea demasiado macarra.



Me vendrían bien un par de jerséis lisos, en colores claros. La verdad es que para los jerséis no soy nada exigente, así que me conformo con cualquiera.



A pesar de que tengo muchas prendas negras, no cuento con un vestido básico que me quite de algún apuro. Quiero que sea ponible incluso en mi día a día, no busco un vestido de fiesta porque no le daría uso.



Me hacen falta unos botines y, a poder ser, que sean negros con un pelín de tacón, ni brutos ni elegantes. Que sean de esos que a final de temporada te das cuenta de que los has puesto más que cualquier otro calzado, por lo cómodos y versátiles que son.



Tengo calzado de deporte, pero no tenis de calle, y la verdad es que los echo en falta. Me apetecen unos tenis de adolescente. No estoy preparada para quemar etapas y, ya que aparento dieciséis, voy a aprovecharlo.



Y hasta aquí las seis ideas de producto que tengo en el punto de mira. No sé yo si he pasado el examen de renunciar al negro, pero por algo se empieza.

Si tenéis curiosidad por saber de qué tiendas son los productos que muestro en este post, podéis hacer clic sobre las fotografías y os llevarán a ellas.

Y vosotros, en las rebajas, ¿sois de los que pican un par de cosas o de los que arrasan? ¿Cuáles son vuestros fichajes? ¿Ya os habéis hecho con ellos?

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